Cuando estaba en el colegio me ponía a temblar si mi profesora me ponía una nota con bolígrafo rojo. Significaba que algo iba mal. El rojo era un color que te ponía colorao frente a ella, frente a tus padres y frente a tus compañeros. Más tarde me percaté de que es un tono que alberga diferentes significados y, sobre todo, que esa pasión atribuida podía verse también en el terreno político. Y el tembleque se convirtió en pánico.
Son varias las ocasiones en las que he escuchado o leído en las noticias una expresión que parece levantar ampollas entre los políticos españoles: líneas rojas. La última vez fue de la boca del Ministro de Educación, José Ignacio Wert, para hacer referencia a las medidas por él anunciadas. Reconocía haberlas superado.
El garabato más importante pinta feo en la educación obligatoria. Se han aumentado el número de niños por aulas y las horas de trabajo a los profesores. Esta medida redunda en la precarización de la calidad educativa. Es imposible que los niños reciban la atención que merecen si el profesor está saturado de trabajo. ¡Qué no nos extrañe luego el fracaso escolar!
Y llega la universidad. Hasta entonces se habrá recorrido un largo y árido camino que no llega a su fin. Hay que hacer frente al encarecimiento de las titulaciones universitarias. Matricularse en una universidad española el próximo curso será 500 euros más caro ante la subida de las tasas. Esta medida supone, a mi entender, el cierre de puertas a estudios superiores a aquellas familias que no dispongan de una situación económica boyante.
Espero que el Ministro de Educación no subraye con bolígrafo rojo el apartado de becas, ese aliento que aún queda a aquellos estudiantes cuyo mayor tesoro es el tesón, la constancia y el esfuerzo, el espíritu de superación constante. La educación es un derecho y no se le puede poner barreras. Por cierto, las rojas limitan el paso.
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