viernes, 27 de abril de 2012

Irresponsabilidad crónica


Esta mañana asistía atónita al bochornoso paisaje que centenares de compañeros habían dibujado en los alrededores de la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid. Lo peor es que lo veía venir el jueves cuando salía de la biblioteca y me encontré con una muchedumbre que a las 18:00h estaba bebiendo alcohol en la entrada de la Facultad.

Entrada a la Facultad de Ciencias de la Información la mañana del día 27 de Abril de 2012


Era un síntoma evidente de lo que me encontraría al día siguiente. Mi diagnóstico fue acertadísimo. irresponsabilidad crónica. La terapia de hoy se subsanó con varias pilas de residuos que esa masa de vándalos universitarios había sembrado.  Varios eran los operarios de limpieza que esta mañana trabajaban sin descanso en reparar el destrozo. Toda una operación que se financia, por cierto, con el dinero de todos los matriculados en una universidad pública, es decir, de todos y, por tanto, también suya.

Césped de la Facultad de Ciencias de la Información la mañana del 27 de abril de 2012

Lástima da pensar que el coste de esos daños se pudiese emplear en más becas, en más profesores, en más equipamiento técnico... Desesperante la panorámica de las aulas esta mañana donde asistían, con suerte, la mitad  de los alumnos desaprovechando así la oportunidad de seguir formándose en una Universidad pública que ha visto despegar talentos en el mundo de las letras, la tecnología o las ciencia. Impotencia saber  que existen estudiantes  que desearon formar parte de ese grupo de alumnos que asiste a clase y se compromete y no pudieron hacerlo porque su lugar lo ocupa quien padece esa irresponsabilidad crónica que impide aprovechar el lugar asignado en la Facultad.
Me indigna que esta imagen tenga que repetirse año tras año, generación tras generación. Gracias a ellos los jóvenes somos vistos como una masa de caprichosos malcriados a los que manejar a golpe de litrona. No es verdad, pero es muy difícil demostrarlo. ¿Por qué? Muy sencillo. Porque esa misma capacidad de convocatoria no se consigue ante un recorte como el que sufrirá el próximo curso la educación o el ERE que se conocía esa mañana en un importante medio de comunicación en España. Una lástima, de verdad.


martes, 24 de abril de 2012

Rojo, algo va mal

Cuando estaba en el colegio me ponía a temblar si mi profesora me ponía una nota con bolígrafo rojo. Significaba que algo iba mal. El rojo era un color que te ponía colorao frente a ella, frente a tus padres y frente a tus compañeros. Más tarde me percaté  de que es un tono que alberga diferentes significados y, sobre todo, que esa pasión atribuida podía verse también en el terreno político. Y el tembleque se convirtió en pánico.
Son varias las ocasiones en las que he escuchado o leído en las noticias una expresión que parece levantar ampollas entre los políticos españoles: líneas rojas. La última vez fue de la boca del Ministro de Educación, José Ignacio Wert, para hacer referencia a las medidas por él anunciadas. Reconocía haberlas superado.
El garabato más importante pinta feo en la educación obligatoria. Se han aumentado el número de niños por aulas y las horas de trabajo a los profesores. Esta medida redunda en la precarización de la calidad educativa. Es imposible que los niños reciban la atención que merecen si el profesor está saturado de trabajo. ¡Qué no nos extrañe luego el fracaso escolar!
Y llega la universidad. Hasta entonces se habrá recorrido un largo y árido camino que no llega a su fin. Hay que hacer frente al encarecimiento de las titulaciones universitarias. Matricularse en una universidad española el próximo curso será 500 euros más caro ante la subida de las tasas. Esta medida supone, a mi entender, el cierre de puertas a estudios superiores a aquellas familias que no dispongan de una situación económica boyante.
Espero que el Ministro de Educación no subraye con bolígrafo rojo el apartado de becas, ese aliento que aún queda a aquellos estudiantes cuyo mayor tesoro es el tesón, la constancia y el esfuerzo, el espíritu de superación constante. La educación es un derecho y no se le puede poner barreras. Por cierto, las rojas limitan el paso.

jueves, 19 de abril de 2012

4 cafés, 5 periódicos o 2 paquetes de tabaco

Con esas cifras diferentes personalidades políticas españolas han explicado a los ciudadanos lo que les supondrá el “re-pago” sanitario. NO me he equivocado, no. Es un repago de los medicamentos. Les recuerdo a nuestros políticos que la sanidad pública se alimenta de los impuestos que salen de los bolsillos de todos y cada uno de nosotros. Si ya lo has pagado y lo tienes que volver a pagar, el concepto es otro: “re-pago”.
Me pregunto si tanto el Consejero de Sanidad de Castilla-La Mancha, José Ignacio Échaniz, como la Presidenta de Aragón, Luisa Fernanda Rudi, se han parado a pensar por un momento en lo que esos 4 cafés, 5 periódicos o 2 paquetes de tabaco suponen para las familias españolas. Llamar a la puerta de cualquier hogar del país hoy es toparte con tres generaciones diferentes: abuelos, padres y niños. La situación económica liderada por cifras astronómicas de paro ha obligado a los padres a volver a casa de los abuelos. Son ellos quienes, en la mayoría de los casos,  tiran de la economía de la casa ante la falta de trabajo o, en su lugar, de subsidio por desempleo. A esta penosa situación se suman las subidas de tarifas en la luz, el gas o el transporte.
Otra cuestión a tener en cuenta es el porcentaje a pagar: se medirá en función de las rentas, no del patrimonio. Por tanto, esa vieja leyenda urbana de que paga más el que más tiene no es 100% real. Pagará más el que más gane que, por norma general, es el que más patrimonio tiene. 
Lo más asombroso es la frivolidad con que se manejan los datos. Que sean ellos quienes hablen de cafés, periódicos y tabaco con sueldos muy por encima de quienes ahora están obligados a renunciar a estos pequeños placeres de la vida. Eso sí, todo son ventajas: a los jubilados no les subirá la tensión por el ahorro en café, una gran inversión; los pulmones de los parados gozarán de mejor salud y, con ello, más ahorro; y los jóvenes seguirán sin leer periódicos porque por todos es sabido que la ignorancia ayuda mucho.

martes, 17 de abril de 2012

Disgustos reales

La Casa Real en España no gana para disgustos. La semana pasada conocíamos el accidente de uno de los nietos del Rey, Felipe Juan Froilán, obra de un descuido del que, afortunadamente, no hay que lamentar daños mayores.
Este fin de semana, Don Juan Carlos, se rompía la cadera en un viaje privado a un safari donde practicaba la caza de elefantes. Se trata de un accidente cuyas consecuencias parece que no serán únicamente físicas. La sociedad está resentida con el monarca.
En el popular discurso que Don Juan Carlos ofrece en Nochebuena aludía –no sin razón- a la delicada situación económica de este país y pedía a sus ciudadanos que se apretasen los cinturones. Se requería un esfuerzo por parte de todos para salir de la crisis.
Sabemos que la Casa Real ha reducido en 170.000 euros su asignación a través de la reducción de salarios a los altos cargos y de los  gastos en protocolo, es decir, un 2% de esos 8,2 millones de euros que son asignados a la Corona. Conducta ejemplar, ¡qué duda cabe!
Sin embargo, su viaje a Botsuana ha dejado un frente abierto. El safari no es una partida de mus: es un hobby demasiado caro. Este entretenimiento sólo es apto para determinados bolsillos. Abatir un elefante tiene un coste de 20.000 euros, sin tener en cuenta la estancia. Es decir, que Don Juan Carlos se ha gastado en este viaje el sueldo anual de una familia española donde, según está el patio, trabajen dos miembros y cobren, al menos, los tan necesarios mil euros.
Y por si todo esto fuera poco, esta mañana los titulares que salían a la calle ponían la guinda al pastel. El juzgado de Palma que investiga el caso Nóos ha recibido documentos que apuntan a que  el Rey, supuestamente, conocía los negocios de Iñaki Urdangarin llegando incluso a realizar gestiones a favor de su yerno. A falta de que esas pruebas sean analizadas por los órganos judiciales competentes, lo cierto es que la imagen del monarca se está empañando.
Pues eso, que la Casa Real no gana para disgustos.


miércoles, 11 de abril de 2012

No lo entiendo

¿El qué? Que un Presidente del Gobierno de un país democrático salga por la puerta de atrás del Senado ante la mirada de decenas de periodistas que esperan respuestas, sus respuestas. No tiene sentido que reaccione así, que se niegue a hablar a los ciudadanos que han depositado en él su confianza el pasado 20 de noviembre a través de las urnas. Es su obligación y es una obligación adquirida. Qué cabe pensar de un país donde el Presidente del Gobierno huye de quienes le brindan la oportunidad de explicar a la ciudadanía sus actuaciones, sus decisiones políticas.
Son dos las grandes reformas que se han puesto en marcha y a lo largo de estos últimos quince días hemos asistido al anuncio de medidas duras pero no hemos visto a Mariano Rajoy, tampoco recordamos su voz. En mente nos queda el anuncio de unos durísimos presupuestos, una prima de riesgo alarmante, una Bolsa que se derrumba, anuncios de recortes que golpean pilares básicos para la sociedad como la sanidad, la educación o la ciencia… No ponemos cara a Mariano Rajoy en estas batallas pero sí a su huída.
Me sorprende más aún la forma en que esta mañana se ha dirigido a los medios. Lo ha hecho a canutazo limpio para asegurar que sabe lo que tiene que hacer. Ha reconocido que la situación es difícil y que las medidas son excepcionales. Con mayor motivo Sr. Presidente debe Ud. explicar lo que hay de extraordinario en esas medidas y, sobre todo, lo que suponen.  ¿Qué hay de novedoso en esas explicaciones para hacernos esperar? ¿Por qué no las ha dado a la salida del Senado?
Es de justicia que le devuelva a la ciudadanía la confianza que le ha brindado, que ponga voz y rostro a esas medidas y que demuestre el poder de esa una mayoría legitimada en las urnas y puesta de manifiesto en las Cortes. No es de recibo negar ese gesto a quienes han puesto en sus manos sus expectativas de futuro.

Desconfianza

Esa parece ser la palabra que mejor se adapta a la realidad de este país. Nos falta confianza y, lo más triste, es que no sabemos dónde encontrarla. La desconfianza es algo que no se materializa, es un concepto abstracto… pero todos estamos bajo su amenaza. Todos. Incluso hasta lo más intangible, como los mercados. Nos bombardean con noticias de que una cosa llamada prisma de riesgo pone en tela de juicio la confianza de los inversores y que  un tal Ibex 35 se ha puesto colorao. Datos, sin duda, relevantes pero, sobre todo, desesperantes. El Gobierno mantiene una lucha continúa contra los índices de  de las denominadas agencias de calificación, las valoraciones del Banco Central Europeo (BCE) o del Fondo Monetario Internacional (FMI) y la Unión Europea nos pone retos que parecen una ecuación dictada por el mismísimo diablo. ¡Qué locura!
Demasiada des-información para unos ciudadanos que no logran entender lo que eso puede significar para sus economías  en las que, por cierto, tampoco tienen mucha confianza. El barómetro en la calle está que arde. Los españoles están desconsolados. Mastican titulares que se les atragantan: subida de las tarifas eléctricas y del transporte público, un mercado laboral que se hermetiza y no da luz verde a los millones de parados que a punto están de agotar sus últimos recursos, impuestos cada vez mayores, jóvenes formados y con talento que se quedan reducidos a la mínima expresión en la cola del INEM, familias que pierden las casas donde un día formaron un hogar… Todo se desmorona por la falta de confianza en que esta situación cambiará.
Reina, pues, la desconfianza: sentirse sólo ante una realidad tan negra que pinta el futuro sólo de tonalidades grises, con ligeros atisbos de recuperación a muy largo plazo. Queda esperar y confiar.